🛑 ROATÁN: EL IMPERIO CONTRA ATACA



LIMPIANDO LA CLOACA

Con Dr. Efraín Medrano

ROATÁN: EL NUEVO CENTRO DE OPERACIONES PARA FRAUDES Y CONTROL MEDIATICO.

Palantir estaría detrás de jaqueos a sistemas de conteo de votos

“Vamos a crear otra Palmerola allí en Roatán”.

Esa frase, pronunciada en un audio que rápidamente comenzó a circular en distintos espacios políticos y mediáticos de Honduras, encendió las alarmas en toda Centroamérica. No se trata de una expresión cualquiera. Palmerola no es simplemente un aeropuerto. Palmerola representa uno de los símbolos históricos más importantes de la intervención militar estadounidense en América Latina.

Palmerola es el nombre con el que popularmente se conoce al aeropuerto internacional ubicado en Comayagua, a pocos kilómetros de Tegucigalpa. Sin embargo, además de funcionar como aeropuerto civil, también opera como la principal base de la Fuerza Aérea Hondureña, conocida oficialmente como Soto Cano. Esta instalación militar fue construida por Estados Unidos durante la década de los años ochenta y, desde entonces, el Pentágono ha mantenido presencia permanente en el lugar.

Por eso, cuando se habla de “crear otra Palmerola” en Roatán, no se está hablando únicamente de infraestructura aeroportuaria. Se está hablando de la posible instalación de una nueva plataforma estratégica militar y tecnológica en pleno Caribe centroamericano, en un momento en que Washington reorganiza su esquema de control continental.

Roatán, ubicada en el Caribe hondureño, aparece ahora como una pieza geopolítica de enorme valor estratégico. La posibilidad de convertir la isla en una nueva base de operaciones no puede analizarse de manera aislada. Forma parte de un renovado dispositivo de dominación regional impulsado desde Estados Unidos, combinando presencia militar, inteligencia digital y control político.

Para comprender qué podría significar esta nueva base, basta con revisar el papel que desempeñó Soto Cano durante las décadas más violentas de Centroamérica.

Durante los años ochenta, la base Soto Cano fue utilizada como centro de operaciones para enfrentar los movimientos revolucionarios y guerrilleros de Nicaragua, El Salvador y Guatemala. La región vivía entonces bajo dictaduras brutales sostenidas por el respaldo político, económico y militar de Washington. Frente al cierre de toda posibilidad democrática, amplios sectores populares optaron por la insurgencia armada.

En Guatemala, cuatro organizaciones guerrilleras terminaron unificándose en la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca. En El Salvador ocurrió un proceso similar cuando cinco estructuras insurgentes se fusionaron para crear el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional.

La guerra civil salvadoreña se extendió durante toda la década de los ochenta. En 1989, el Frente Farabundo Martí llegó incluso a combatir dentro de San Salvador, aunque sin lograr derrocar al régimen. Finalmente, en 1992, se firmaron los Acuerdos de Chapultepec en México, poniendo fin al conflicto armado.

Sin embargo, el principal objetivo estratégico de Washington en la región era Nicaragua.

En 1961 nació el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Curiosamente, su fundación ocurrió en el exilio, precisamente en Tegucigalpa, Honduras. Después de casi dos décadas de lucha contra la dictadura de Anastasio Somoza, el 19 de julio de 1979 los sandinistas lograron tomar Managua y abrir una nueva etapa histórica para Nicaragua.

La Revolución Sandinista encendió todas las alarmas en Estados Unidos. A partir de ese momento, Honduras se convirtió en el principal centro operativo de la contrarrevolución regional. Soto Cano pasó a ser el núcleo logístico y militar desde donde se coordinaban operaciones contra Nicaragua, El Salvador y Guatemala.

La ubicación geográfica de Honduras era clave: se encontraba exactamente en el centro de los países donde Washington intentaba contener el avance revolucionario.

En los años de mayor actividad, se estima que entre 2,000 y 5,000 efectivos estadounidenses estuvieron desplegados en Soto Cano. No era una presencia menor ni simbólica. Era una verdadera plataforma militar de guerra regional.

En 1981 llegó a Honduras un personaje central de esta historia: John Negroponte, nombrado embajador de Estados Unidos. Negroponte, vinculado históricamente a la CIA, había trabajado previamente en Vietnam y posteriormente aparecería involucrado en operaciones estratégicas en Irak, Naciones Unidas y el aparato de inteligencia estadounidense.

Bajo su supervisión comenzaron a consolidarse los escuadrones de la muerte hondureños, muchos de cuyos integrantes fueron entrenados en la tristemente célebre Escuela de las Américas, en Panamá.

Ese mismo año comenzó la consolidación de Soto Cano como gran centro operativo regional. Posteriormente, se instaló allí la Fuerza de Tarea Conjunta Bravo, dependiente del Comando Sur de Estados Unidos, encargada de coordinar operaciones contrarrevolucionarias en toda Centroamérica.

Los llamados “contras” nicaragüenses realizaban incursiones armadas desde territorio hondureño, especialmente desde la zona de Trojes, cercana a la frontera con Nicaragua. Desde allí lanzaban ataques contra el gobierno sandinista.

En este punto aparece otro nombre clave: Oliver North.

North, coronel estadounidense y miembro del Consejo de Seguridad Nacional durante el gobierno de Ronald Reagan, fue uno de los principales arquitectos de la guerra encubierta contra Nicaragua. Su nombre quedó marcado para siempre tras el escándalo Irán-Contras de 1986.

El Congreso estadounidense había prohibido tanto la venta de armas a Irán como el financiamiento a los contras nicaragüenses. Sin embargo, North coordinó ambas operaciones simultáneamente: vender armas a Irán y utilizar ese dinero para financiar la guerra irregular en Centroamérica.

Soto Cano funcionó entonces como el gran nodo operativo de una red que involucraba operaciones clandestinas en Honduras, Nicaragua, El Salvador y Guatemala.

Desde allí se coordinaron acciones ligadas a desapariciones, asesinatos políticos, torturas y masacres. También fue el punto de articulación entre fuerzas estadounidenses, militares hondureños y estructuras paramilitares entrenadas para ejecutar operaciones de terror.

Por eso, cuando hoy se habla de “otra Palmerola” en Roatán, inevitablemente se revive toda esa memoria histórica.

El problema es que el nuevo escenario ya no depende únicamente de bases militares tradicionales. Hoy la guerra también es tecnológica, digital y comunicacional.

En este contexto aparece el nombre de Palantir Technologies, compañía vinculada históricamente a sistemas de inteligencia, vigilancia masiva y procesamiento de datos para agencias de seguridad estadounidenses.

Diversos analistas y sectores críticos sostienen que tecnologías de este tipo podrían estar siendo utilizadas para intervenir sistemas electorales, plataformas de conteo de votos y mecanismos de control político en distintos países latinoamericanos.

Las denuncias hablan de posibles vulnerabilidades en sistemas de transmisión de datos electorales, manipulación algorítmica y operaciones digitales capaces de alterar percepciones públicas, direccionar narrativas y afectar procesos democráticos.

Aunque muchas de estas acusaciones continúan siendo objeto de debate, NO TENGO PRUEBA PERO NO ME CABEN DUDAS , el contexto regional genera una preocupación creciente. América Latina vive una etapa de alta conflictividad política, desconfianza institucional y fuerte injerencia extranjera.

La combinación entre bases militares, inteligencia artificial, vigilancia digital y guerra mediática abre un nuevo escenario de dominación mucho más sofisticado que el de los años ochenta.

Ya no se trata únicamente de tanques y soldados. Ahora también se trata de servidores, algoritmos, espionaje masivo y control de la información.

La historia demuestra que cada vez que Estados Unidos ha reforzado su presencia militar y estratégica en Centroamérica, los pueblos latinoamericanos han terminado pagando un costo altísimo en violencia, represión y pérdida de soberanía.

Por eso, la posible instalación de una nueva “Palmerola” en Roatán no puede verse como un hecho aislado ni meramente administrativo. Representa una advertencia geopolítica.

La gran pregunta es hacia dónde quieren conducir nuevamente a América Latina.

Porque mientras las élites diseñan nuevas arquitecturas de control continental, los pueblos siguen enfrentando pobreza, desigualdad, migración forzada y debilitamiento democrático.

Y la historia también demuestra otra cosa: los pueblos latinoamericanos jamás han aceptado pasivamente la dominación extranjera.

Más temprano que tarde, la resistencia siempre vuelve a aparecer.

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